martes, 17 de febrero de 2015

LITERATURA Y BOXEO: “MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA”

Más dura será la caída
Budd Schulberg
Novela
Ed. Alba, 1999, 512 págs. 
 
(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 6 e marzo de 2014) 
 
Esta obra de Budd Schulberg, publicada originalmente en 1947, es seguramente una de las tres mejores novelas estadounidenses sobre boxeo del siglo XX. Las otras dos serían El Profesional (publicada en 1958) de W. C. Heinz —libro que ya comenté en esta misma sección hace un par de meses— y Fat City (publicada en 1969) de Leonard Gardner —cuya última edición en castellano data de los años ochenta (¡atención editores avispados!) y de la que espero hablarles próximamente—.
 
Es posible que a muchos de ustedes Más dura será la caída también les suene gracias a la película homónima de Mark Robson estrenada en 1956 y protagonizada por Humphrey Bogart. A pesar de que se trata de una adaptación bastante fiel, si tengo que elegir me quedo con el libro, que profundiza en una serie de detalles y personajes que la película pasa por alto.
 
La novela está narrada en primera persona por Eddie Lewis, un periodista deportivo en horas bajas al que Nick Latka, un mánager sin escrúpulos de los bajos fondos, hace una tentadora oferta de trabajo. Se trata de promocionar a su último gran descubrimiento, El Toro Molina, un peso pesado argentino que posee un físico extraordinario. El único problema es que, a pesar de su imponente altura y su robusta constitución, El Toro Molina es un boxeador de tercera fila, con una mandíbula de cristal, incapaz de pegar ni un sello y más torpe que un pingüino con tacones. Las intenciones de Latka están claras: encumbrar al gigante Molina a base de combates amañados hasta que llegue a disputar el título mundial, para lo cual necesita la inventiva —las mentiras— de Eddie Lewis, un periodista de cierto renombre. Tras algunos reparos y objeciones iniciales, Eddie acaba acallando su conciencia y aceptando la farsa a cambio de una buena suma de dinero. Su trabajo consistirá, pues, en acompañar al Toro Molina en su gira de presentación exaltando sus cualidades, tergiversando las crónicas de los combates, inventándole un pasado verosímil y vendiéndolo como “El Gigante de los Andes”, como “El Toro Salvaje de la Pampa” que ha venido a Estados Unidos a vengar al también argentino Luis Ángel Fripo por aquella famosa e injusta derrota contra Jack Dempsey que a punto estuvo de desencadenar un conflicto internacional entre los dos países.
 
Como ven, Más dura será la caída pertenece a una época oscura del boxeo en la que eran los promotores y no los boxeadores los que decidían los resultados de los combates. Un tiempo de peleas en blanco y negro, de cuadriláteros envueltos en el espeso humo de los puros sobre los que la suerte estaba echada de antemano y en que la mayoría de los boxeadores no eran deportistas sino actores y, en consecuencia, no ganaba el más fuerte sino el mejor intérprete.
Afortunadamente, aquellos días de gánsteres metidos a managers, de negocios sucios, de matones a sueldo, de amenazas, de deudas sin saldar y de favores pendientes, ya quedaron atrás y hoy en día el boxeo hace tiempo (aunque a veces creo que no tanto) que dejó atrás ese turbio pasado.
 
Budd Schulberg (1914-2009) nació en Nueva York y, aunque su familia pertenecía a la clase alta de Hollywood, vivió muy de cerca todo ese mundillo que describe perfectamente en la novela. La prosa es ágil y sencilla, siempre al servicio de un argumento entretenido que engancha desde las primeras páginas. Schulberg tiene una especial sensibilidad para describir a los viejos boxeadores, aquellos “que han besado tantas veces la lona que en vez de rodillas tienen bisagras” (Pg. 16), como por ejemplo en el siguiente pasaje: “No hay nada más aburrido que un viejo jugador de pelota o una antigua estrella del tenis, pero un viejo luchador que ha recibido lo suyo y ha derramado su sangre profusamente en aras de la diversión de los aficionados sólo para acabar arruinado, machacado y olvidado, es para mí la quintaesencia de la tragedia” (Pg. 68).
La novela combina narración, descripción y diálogo en proporciones sabiamente equilibradas y tiene un desenlace todavía más amargo que el de la película. Eso sí, si quieren saber cómo acaba, mucho me temo que tendrán que leerla.

domingo, 19 de octubre de 2014

LITERATURA Y BOXEO: “EL ÁNGEL DE RINGO BONAVENA”


El ángel de Ringo Bonavena
Raúl Argemí
Novela
Ed. Edebé, 2012, 284 págs.

(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 13 de febrero de 2014) 

¿Qué aficionado al boxeo no ha oído hablar alguna vez de Oscar “Ringo” Bonavena, el carismático peso pesado argentino asesinado a los 33 años en un burdel cerca de Reno, Nevada? Bonavena, además de tener los pies planos, era bajo para su categoría (1,78 m), pero más duro y tenaz que el clavo de un ataúd; era charlatán y fanfarrón (algunos comparaban su verborrea con la de Ali), excéntrico, bromista, filósofo callejero, bueno como el pan, generoso con sus amigos, devoto de su madre, dueño de un coraje a toda prueba y de unas facciones parecidas a las del beatle que le dio el apodo, pero mucho más marcadas; un rostro de boxeador capaz de ahuyentar al marine más osado en una pelea de bar. En los 68 combates que disputó como profesional se enfrentó a los mejores de su época: George Chuvalo, Joe Frazier, Jimmy Ellis, Muhammad Ali (que le propinó la única derrota por KO de toda su carrera), Floyd Patterson, Ron Lyle… consiguiendo un total de 58 victorias (44 KO), 9 derrotas y 1 empate. 

La manera más rápida y sencilla de describir El ángel de Ringo Bonavena sería decir que se trata de una biografía novelada del malogrado púgil porteño. Sin embargo, esta definición no acaba de ajustarse a esta estupenda novela de Raúl Argemí. Si bien los hechos que se relatan son esencialmente ciertos, la manera de narrar y la inventiva del autor hacen de éste un libro bastante especial; porque, como explica en una breve nota introductoria, “Ringo Bonavena más que un boxeador fue un personaje. Querido y odiado por partes iguales en toda Iberoamérica […] Esta no es la historia de su carrera ni de su vida, es la leyenda. Una leyenda que cuenta cuánto tuvo que ver con su ángel de la guarda, un ángel tan duro como él.”
 
Y así es; el libro no tiene un solo protagonista sino dos: Ringo Bonavena y Ángel, una especie de hermano gemelo enviado por Dios que hace de contrapunto de Ringo y que, aparte de él, sólo algunos son capaces de ver y oír. Ángel seguirá y protegerá siempre a su hermano, estará en su rincón en todos los combates y le acompañará en sus peores momentos. Por si fuera poco, entre el resto de personajes (que incluyen a los Beatles, Mirtha Legrand, El Mono Gatica, Goyo Peralta, Yoko Ono y Sally Conforte)  también figura “Tata Dios”, o sea, Dios Padre Todopoderoso, que observa desde el cielo la suerte de Ringo, ayudándole y guiándole cuando lo necesita pero también bajando a la tierra —encarnado en individuos de lo más insospechado— para castigarle cuando se lo merece. ¿Es posible juntar en una misma novela a un famoso boxeador, a su ángel de la guarda y al mismísimo Dios en persona de una manera verosímil? La respuesta es un contundente sí. Ese es el gran mérito de Argemí, hacer que todo encaje y que además parezca fácil y natural.
 
La trama abarca desde el nacimiento de Bonavena hasta su trágico asesinato a manos de un matón a las puertas del Mustang Ranch (todavía hoy se especula sobre el motivo, aunque todo apunta a un lio de faldas con la mujer del propietario del burdel), pasando por sus primeros lances como boxeador profesional en E.E.U.U., sus enfrentamientos con los más grandes —especialmente gracioso es su combate contra Frazier—, la vuelta a Argentina y su última gira estadounidense, todo ello narrado con un estilo fluido y accesible, lleno de modismos argentinos y punteado por el inconfundible sentido del humor de Bonavena, como en este diálogo que mantiene con un periodista:

“El de más acá: ¿Qué opina de los jóvenes hoy?
Ringo: ¿Por qué tengo que opinar de los jóvenes? ¡Qué sé yo de los jóvenes! Yo no tuve tiempo de ser joven… ¿Por qué no opina usted? ¿Qué piensa de los jóvenes?
—Usted es deportista, debería ser un ejemplo para los jóvenes.
—¿Estás loco vos? ¡Soy un boxeador! ¡Que se vayan a estudiar! ¿Qué tenés en la cabeza?” 

El libro está estructurado en 67 breves capítulos, lo que hace que su lectura sea muy ágil y cómoda. Si a eso le sumamos la magnífica edición de Edebé con su encuadernación en tapa dura, el generoso tamaño de la letra, la calidad del papel y la preciosa portada, no entiendo cómo no se acercan ustedes ahora mismo a su librería habitual para hacerse con un ejemplar de esta extraordinaria novela.

martes, 15 de julio de 2014

LITERATURA Y BOXEO: “ENTRE LAS CUERDAS”

Entre las cuerdas, cuadernos de un aprendiz de boxeador
Loïc Wacquant
Ensayo
Ed. Alianza, 2004, 242 págs. 

(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 1 de febrero de 2014) 

La historia de este libro es bien curiosa. Su autor, Loïc Wacquant, no es escritor, ni periodista deportivo y mucho menos boxeador, sino un profesor de Sociología de la Universidad de Berkeley, California, que a finales de los años ochenta decidió realizar un estudio sobre la desigualdad social en un gueto de Chicago y como lugar de observación se apuntó a un gimnasio situado en un barrio degradado de mayoría afroamericana. Para su propia sorpresa, Wacquant se fue enganchando poco a poco al boxeo, empezó a entrenar con asiduidad y fue aceptado como uno más dentro de la pequeña comunidad negra de boxeadores del Woodland Gym —quienes lo bautizaron con el apodo de “Busy Louie” (algo así como “Louie el currante”)—, lo cual tiene su mérito, porque (no se dejen engañar por la portada) Loïc Wacquant es blanco, gafotas, enclenque y tiene cara de no haber roto un plato en toda su vida. Así, lo que empezó como una excusa para desarrollar un ensayo sociológico se acabó convirtiendo en el tema central del libro que nos ocupa. 

Como buen profesor universitario, investigador etnográfico y autor de otras tantas obras de teoría social, la prosa de Wacquant es bastante exigente; sin llegar a ser sesuda o incomprensible, sí requiere cierta atención y esfuerzo por parte del lector. No se trata de un ensayo ligero, aunque también es cierto que según avanzan las tres secciones en que se divide el libro, el análisis objetivo va dando paso a una mayor implicación y protagonismo del autor en el texto, haciéndolo más narrativo y menos académico.  

La primera parte, titulada La calle y el ring, es la más extensa. En ella el autor nos acerca a la vida cotidiana de un boxeador amateur y, por extensión, a la de todos sus compañeros del Woodland y especialmente a la de su entrenador, DeeDee. Como un voyeur que además de mirar por el ojo de la cerradura se atreve a meter la llave y cruzar la puerta para intervenir en la acción, Wacquant describe, explica, analiza y sintetiza las interioridades del boxeo, lo que ocurre entre bambalinas: las rutinas de los entrenamientos bajo la férrea disciplina de DeeDee —el único autorizado para marcar los tiempos— y las relaciones que se establecen dentro del grupo de púgiles, tanto amateurs como profesionales. El discurso está construido a partir de sus propias observaciones y experiencias, de las notas que tomaba casi cada día al llegar a casa después del entrenamiento, del abundante material fotográfico y las entrevistas grabadas in situ durante los tres años que duró su aventura. Al igual que en los libros de “periodismo participativo” de George Plimpton, el lector va aprendiendo a la vez que el autor los entresijos del deporte, y no sólo las cuestiones técnicas y físicas, sino también la sinergia sociológica: la administración del capital corporal, el imprescindible control de las emociones (la “educación emocional”) y la libido (el eterno debate sobre las relaciones sexuales antes de un combate), la elección de un sparring adecuado, el estilo de vida que rodea a un boxeador y los problemas que sobrellevan los deportistas en un contexto tan duro.  

En la segunda parte, Una velada en el Studio 104, Wacquant acompaña a un boxeador profesional, Curtis Strong, el peso superligero más prometedor del gimnasio, durante un combate. Aquí el análisis del autor gira en torno a una velada profesional: el pesaje, los personajes que ofrecen sus servicios a tanto por pelea (cutmen, preparadores físicos, masajistas, doctores…), los nervios y dudas del púgil antes de subir al ring, el desarrollo de la contienda y, finalmente, la celebración del triunfo. 

La tercera parte describe las propias vivencias del autor como boxeador para preparar su primer y único combate de los Golden Gloves, el torneo amateur más importante de Estados Unidos. Como decía al principio, tanto este capítulo como el anterior son menos teóricos y más narrativos que el primero. Aquí seguimos el intenso entrenamiento de “Busy Louie”, los ánimos de sus compañeros y el ambiente del gimnasio durante los días antes de la fecha clave, un ambiente marcado por aquella sorprendente derrota de “Iron” Mike Tyson contra James “Buster” Douglas a principios de 1990. Paralelamente, crecen los escrúpulos de su entrenador DeeDee acerca de si dejarle pelear o no: “Ashante me confesará que DeeDee había dudado hasta el último momento de dejarme subir al ring: «no quiero que maten a Louie».” Una vez acabados los tres asaltos, y tras las felicitaciones de sus compañeros por el buen papel realizado y por haber hecho honor al prestigio del Woodland, escribe Wacquant: “Ashante me pregunta con entusiasmo por mi próximo combate cuando DeeDee interrumpe el festejo: «No habrá una próxima vez. Ya has tenido tu combate. Ahora ya tienes bastante para escribir tu maldito libro. Tú no necesitas subir al ring».” 

jueves, 12 de junio de 2014

LITERATURA Y BOXEO: “EL ÚLTIMO GANCHO DE KID FRACASO”

El último gancho de Kid Fracaso
Pedro Flores
Poesía
Ed. El ángel caído, 2011, 44 págs. 

(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 16 de enero de 2014) 

Hoy les presento un libro de poesía. Antes de que huyan despavoridos y abandonen inmediatamente esta página, permítanme decirles que yo tampoco soy un gran fan del género, a pesar de lo cual les recomiendo fervientemente la lectura de El último gancho de Kid Fracaso, breve volumen que recoge veintisiete poemas del canario Pedro Flores. Olviden sus prejuicios y sus reparos, aquí no encontrarán metáforas alambicadas, lenguaje artificioso ni conceptos enrevesados; de hecho, por no encontrar ni siquiera encontrarán rima, ni asonante ni consonante. Por eso, más que hablar de poesía, quizá sería más adecuado hablar de poemas en prosa o de prosa poética, un enfoque que no impide que aparezcan sublimes destellos de lucidez: “Me han dado hasta en los recuerdos”, reconoce un boxeador tras perder un combate en Sin tregua, “Mi alma debe demasiados años / de alquiler por este cuerpo” se lamenta un viejo púgil obligado a volver al ring para poder pagar todo lo que debe en Inventario. 

Como ven este no es un libro sobre ganadores. Flores no elogia la gloria del vencedor ni se deja deslumbrar por los focos del éxito, de la fama y de las grandes veladas con cinturones en juego. Tal y como confiesa el narrador de No tengo perdón, “Podría llegar a ser campeón. / Podría entonces tener un coche caro / y transigir en veladas benéficas. / Pero entonces esto perdería todo / su jodido lirismo.” Así, la suya es una poesía del fracaso, del knock out y de la caída —“Caer como un roble en sus dominios / después de cien años mirando al Sol / frente a frente” (Caer)—. Una poesía que da voz a esa masa invisible de púgiles del montón, los mediocres cuyos nombres nunca aparecerán en negro sobre blanco, los boxeadores de barrio, los pobres que luchan por algo más que el reconocimiento, los que pelean por la supervivencia: “Pero es siempre la misma mentira: / no es nada personal. / Otros aplauden. / Otros cobran. / La sangre es siempre la nuestra” (Hermanos de sangre). 

Los poemas de Pedro Flores están teñidos de melancolía, del sabor amargo de la derrota, de las frustraciones tatuadas en la piel, de la aceptación de las limitaciones que implica la vida arrabalera de la gente humilde, de las cicatrices que dejan las decepciones, de las batallas perdidas y de los triunfos a deshora (para otro año perdido sin pena ni gloria). “Salgo a la calle magullado y tuerto. / Suena desde algún lugar de este mundo / una enorme invisible campana / y comienza otro combate / en el que tampoco gano nunca” (Sin tregua). 

En general, se trata de composiciones de versos cortos que pocas veces superan las quince líneas y que incluso en ocasiones se acercan al haiku japonés, como en K.O. (“Si pintaran tu boca en el suelo… / Sería tan hermosa entonces / esa maldita costumbre / de besar la lona.”) e Inconvenientes (“Hace meses que no me dan una pelea: / sé fingir muy bien que me caigo, / pero no sé fingir que me arrastro.”)
El lenguaje, como les decía, es contundente, claro, directo y descarnado como el propio boxeo; Flores no busca decir nada más que lo que quiere decir. Sí detecto, en cambio, cierto gusto por las referencias a lugares y personajes de la cultura clásica (Cartago, Bizancio, los galos de Alesia, Alejandro Magno, un hoplita lacedemonio, las Termópilas, Serotrio, Hispania, Ulises…), lo cual no supone ningún problema para alguien que, como yo, no sea muy versado en esa temática.

Por si fuera poco, los poemas vienen acompañados de las magníficas ilustraciones de Agnes Daroca en las que predominan los colores vivos —el rojo sangre, los naranjas, ocres y negros— y los trazos expresivos que complementan perfectamente esta anatomía del fracaso que son los veintisiete poemas de Pedro Flores.
 

miércoles, 28 de mayo de 2014

EL ARTE CONTEMPORÁNEO COMO ESTADO DE ÁNIMO

Kassel no invita a la lógica
Enrique Vila-Matas
Novela
Ed. Seix Barral, 2014, 300 págs.

Me imagino que ya conocen la historia: en 2012 Vila-Matas fue invitado a participar en la decimotercera edición de la feria de arte contemporáneo Documenta de Kassel. Su tarea, sentarse a escribir en un restaurante chino de las afueras de la ciudad durante unos días, convirtiéndose así en una especie de instalación viviente. Esta extraña y atractiva propuesta se convirtió poco después en la novela Kassel no invita a la lógica, donde un narrador con alter egos (Autre y Piniowsky), relata sus experiencias durante una semana en el festival alemán.
A estas alturas creo que resulta intrascendente preguntarse si ese narrador es o no Vila-Matas. Por supuesto que lo es y no lo es; llevando una vida tan absolutamente literaria como la de Vila-Matas resultaría casi obsceno que ahora se pusiese a inventar aventuras, pero por otro lado sus aventuras no necesariamente son tan radicalmente literarias como para que no haga falta inventarlas también un poco.

Aunque hace años que la sigo, empecé a leer la obra de Vila-Matas relativamente tarde, recién estrenado el siglo, más o menos. Como tantos otros, me volví un fanático de su Historia abreviada de la literatura portátil, de ahí pasé a Bartleby y compañía, El Mal de Montano, Doctor Pasavento, El viaje vertical, etc. Es sin duda el autor del que más libros he leído —puedo decir que he leído prácticamente todo lo que ha escrito— por múltiples motivos: porque ha sabido crear su propio universo literario —una liga única en la que sólo juega él—, porque en su narrativa, como en el jazz, se respira improvisación y libertad, porque parece una buena persona, porque es raro, porque en ocasiones se contradice (como yo), por su finísima ironía, porque borra los límites entre géneros, porque me cuesta descifrar cuando habla en serio y cuando en broma, porque es humano, porque se repite mucho (como yo) y a veces es pesadísimo (como yo), porque trata de camuflar su fantasiosa erudición, porque a veces hace un triple salto mortal y ¡chimpum! cae de pie, porque miente (como yo), porque intenta que cada nueva obra sea diferente de la anterior, por su uso (y abuso) de la anástrofe, porque utiliza la angustia y el bloqueo como motor creativo, porque leyéndole uno aprende y porque abre un abanico de autores y lecturas paralelas prácticamente inabarcable —él me descubrió a Walser, a Gombrowicz, a Perec, a Montaigne, a Musil, a Lobo Antunes, a Tavares, a Argüello, a Chejfec y a tantos otros—.

Sin embargo, la razón esencial por la que leo a Vila-Matas con devoción no es ninguna de las anteriores, sino otra bien sencilla: porque leer a Vila-Matas me da ganas de escribir (seguramente por eso es considerado un “escritor para escritores”). En cada una de sus novelas encuentro mil y un estímulos para sentarme a aporrear el teclado —cosa que al final acabo no haciendo nunca—. Parece sencillísimo, sólo hay que mezclar un poquito de biografía, cierta rareza, algunas citas literarias y dejar vagar la mente para que lo amalgame todo, ¿fácil, verdad? Sí, ojalá lo fuera. De cada uno de sus libros saco tres o cuatro títulos, todos muy sugerentes, de obras que jamás escribiré: Circulaba por París un coche fúnebre, Lo que realmente pasa cuando no pasa nada, El espíritu de la escalera, Cuaderno de Praga o Un bar en las Azores...

Pero volvamos a Kassel… No sé por qué, pero la lectura de esta novela me produjo una extraordinaria somnolencia. Ojo, no aburrimiento, no bostezos, no cansancio, no desinterés; simplemente me daba sueño. Bueno, sí sé por qué: esa semana tuve mucho trabajo y llegaba muy cansado a casa. El caso es que a las pocas páginas me quedaba dormido y soñaba que era yo el que había viajado hasta Kassel en busca del misterio del universo, a iniciarme en la poesía de un álgebra desconocida, a desentrañar los entresijos del arte contemporáneo, a construirme una cabaña para pensar y a sentarme a escribir en el Dschingis Khan. Y así cada noche. El efecto se vio agravado al leer que “ninguna religión sirvió nunca para nada, pues el sueño fue siempre más religioso que todas las religiones juntas, quizás porque cuando dormimos estamos en realidad más cerca de Dios” (pg. 182) y que dormir “era como conectar con el sueño divino que sostiene el mundo”. Aun así, logré acabar el libro.
Debo decir que Kassel… no es la mejor novela de Vila-Matas ni tampoco la peor, con lo que gustará a sus seguidores y no dará motivos para cambiar de opinión a sus detractores.

Otro asunto es la defensa a ultranza del arte contemporáneo que hace el narrador, quien eligió tiempo atrás posicionarse en el bando de la vanguardia, enarbolar el estandarte de la innovación y la transgresión y apoyar a todos aquellos artistas que estuviesen de su lado. He estudiado demasiada arquitectura y arte modernos (casi todas las asignaturas optativas que cursé durante la carrera estaban relacionadas con la historia del arte y la crítica artística) como para mirar la creación contemporánea por encima del hombro con una risita irónica. Por tanto, no pongo en duda que una habitación a oscuras, una corriente de aire, un galgo con una pata rosa o un descampado lleno de escombros puedan considerarse obras de arte; pueden, en efecto, producir una especulación filosófica, estimular cierto conocimiento posterior y sugerir un análisis teórico más allá de lo que representan. De acuerdo. Pero exactamente lo mismo puede decirse de un buzón de correos, del vuelo de una gaviota, del perro de mi vecino, del sexto árbol de un parque o del atardecer de, no sé, el 13 de noviembre de 2006.
Es decir, no porque alguien —un artista— me presente algo relativamente cotidiano como arte, eso necesariamente va a desencadenar una serie de trastornos y emociones en mi interior (no necesito su bendición); es la predisposición de mi espíritu al visitar una feria de arte o una sala de exposiciones la que permite y facilita que se genere esa emoción. Sin esa predisposición del alma, un descampado es un simple descampado, cosa que no puede decirse, por ejemplo, de un cuadro de Velázquez (que no es un simple cuadro).
En consecuencia, tal y como yo lo veo, hoy en día el arte contemporáneo es más un estado de exaltación del ánimo del receptor que un mérito del productor. El mundo es arte; yo encuentro gozo estético y motivos de reflexión intelectual en cada esquina, en cada minuto de mi vida. Los embalajes de los productos del supermercado son un auténtico estallido de formas y colores, un prodigio del diseño gráfico, ¿hace falta que venga Andy Warhol a decírmelo? Lo único malo es que —como bien sabe el narrador de Kassel…— mantener ese entusiasmo, esa exaltación anímica, ese arrebato cuasi místico durante más de una hora agota terriblemente.
 

lunes, 12 de mayo de 2014

LA FÚTIL HAZAÑA DE QUEDAR SEGUNDO

El suplente del suplente
Javier Calicó
Novela
Ed. Círculo Rojo, 2013, 736 págs.

Hace unos meses ya les hablé de Javier Calicó a propósito de la reseña de Tú y yo de N. Ammaniti que publiqué en este mismo blog; fue él quien me recomendó el libro. Conozco a Javier desde hace años y aunque no puedo tildar nuestra relación de amistad, en parte debido a la diferencia generacional —es el padre de uno de mis mejores amigos—, sí que nos une un afecto recíproco basado principalmente en nuestra mutua afición a la literatura, lo que hace que siempre estemos intercambiando recomendaciones y descubrimientos, ya sea directa o indirectamente a través de mi amigo Willy (su hijo).
 
Que yo recuerde, desde que le cogí el gusto a la literatura y me habitué a leer con cierta constancia y criterio (y de eso hará pronto veinte años), llevo oyendo a Willy hablar de la novela su padre. Fue así como cayó en mis manos una primera versión mecanografiada a doble espacio en tres grandes tomos de El suplente del suplente allá por el verano de 2001 o 2002, creo. Ya entonces me sorprendió gratamente; lo que más recuerdo de la lectura de aquel manuscrito fue su otredad —su exotismo— y su humor. La novela transcurría en un territorio y un tiempo lejanos —una isla turca en 1979—, sus personajes eran todos extranjeros —ingleses la mayoría, además de dos norteamericanos— y, a pesar de que me cuesta mucho reírme con un libro (a lo máximo a lo que suelo llegar es a una leve sonrisa), hubo un par de escenas que me provocaron buenas carcajadas. Además, se intuía que aquel texto no era un simple borrador; aunque de manera intermitente, Javier llevaba ya años redactándolo, repasándolo, releyéndolo, corrigiéndolo, puliéndolo y reescribiéndolo. 

Pocos años después, en 2006, se publicó la novela de Javier en la editorial Folio. Que yo sepa, le ocurrió como a tantas otras obras de autores noveles: tuvo una vida efímera sobre los mostradores de las librerías y pasó desapercibida entre la avalancha de novedades del sector literario estatal que iniciaba entonces su ya imparable declive. Sin embargo, eso no impidió que apareciese una reseña moderadamente favorable en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (el 31 de enero de 2007) a cargo de Carles Barba y que un anónimo blogger llamado El llegidor pecador le dedicase este blogspot en exclusiva, además de un elogioso post en su propio blog que les recomiendo leer pinchando aquí.

Quizá por inercia, por venganza o por afán de perfeccionamiento, tras aquella primera edición de Folio, Javier siguió retocando el texto y reelaborándolo durante otros siete años más, hasta publicar esta segunda versión que hoy les presento. Como aclara el autor en la solapa, “Aunque el argumento se mantiene idéntico a la primera edición, en esta segunda se ha ampliado el texto considerablemente [unas 230 págs.] para profundizar más en los personajes y en los ambientes.” Por lo que me comentaba el propio Javier poco después de publicarla, esta parece ser la versión definitiva; recuerdo que el verano pasado me confesó afligido, decepcionado y casi avergonzado, que ya no daba más de sí, que eso era lo mejor que sabía hacer y que ya no tenía la cabeza como para andar repasando 736 páginas. “A veces repito las frases, vuelvo a poner cosas que ya había puesto o sustituyo un palabra y me olvido de releer la frase para asegurarme de que todo concuerda…” 

Por tanto, la edición de El suplente del suplente de Círculo Rojo es el resultado de más de veinte años de dedicación, y eso se nota. Cada párrafo, cada frase, cada palabra están trabajados casi hasta la extenuación. La extrema riqueza léxica del autor, siempre supeditada al argumento, eso sí, da pie un estilo limpísimo que se podría tildar de sencillo sólo en la superficie. A la que uno refrena la agilidad que impone el ritmo del fraseado y empieza a analizar la escritura con espíritu crítico, se da cuenta de las horas y horas solitarias que subyacen bajo el texto. Seguramente ese discurrir sedoso y jazzístico del redactado sea el mayor mérito de la novela. Afirmaba Carles Barba en su reseña a la anterior edición que “no es poca conquista entretener durante 500 páginas [700 en la versión actual] con una isla, una docena de figurantes (alguno, muy carcamal) y un idilio”, sobre todo teniendo en cuenta que “el nudo argumental es mínimo”. 

En efecto, la trama es bien simple: dos grupos de aristócratas ingleses, por un lado los invitados al yate de Sir Benjamin LeeDeptford, atracados en un puerto de la isla, y por el otro, en otro punto de la costa, la familia de Sir Alfred Cohen, alojados en el hotel Príncipe Ahmed que éste acaba de comprar. Entre medio, dos norteamericanos también huéspedes del hotel, el protagonista, el atractivo cuarentón William Wellesley (alter ego del autor) y la pizpireta anciana Laura Quackenboss. La historia es casi lo de menos, toda la novela se desarrolla en tan sólo tres jornadas del tórrido verano de 1979 durante las cuales los del hotel esperan a que los del yate les vayan a buscar para iniciar un breve crucero por el Mediterráneo, mientras Wellesley flirtea con Sarah, la hija veinteañera de los Cohen. Un ambiente que recuerda, y mucho, a Faulkner en Mosquitos y también, aunque algo menos, a Scott Fitzgerald en Suave es la noche y El gran Gatsby y a Patricia Highsmith en El talento de Mr. Ripley 

Pero en realidad la novela trata de muchas más cosas. Habla sobre el final de la juventud, sobre el abandono definitivo de los sueños y las esperanzas, quizá por miedo a que no se cumplan o precisamente por miedo a que lo hagan, de las batallas perdidas y los triunfos a deshora, de la soledad del ser humano, de la melancolía de la edad madura, de los fantasmas del pasado, de saber que se ha cruzado de sobras el ecuador de la vida y que pronto se entrará en la prórroga, en un tiempo de descuento que dependerá de lo que quiera añadir el árbitro. Y también de la fugacidad del gesto elegante, de la inutilidad de empezar una lucha que se sabe perdida de antemano y de la contradicción inherente al combate de todo espíritu sensible —en una esquina el orgullo, la soberbia, la frivolidad y el ansia de reconocimiento, y en la otra la humildad, la discreción, el desapego y la indolencia—. 

Les decía antes que se notan los años y años de trabajo en la novela. Desgraciadamente también se nota la falta de un editor (si indagan en la web de Círculo Rojo, verán que se trata más de una plataforma de autopublicación que de una editorial al uso), ya que los múltiples gazapos y los alarmantes catalanismos lastran bastante la lectura. A cualquier otra persona y obra se lo pasaría por alto, pero no a Javier. Me asombra sobremanera que aparezcan locuciones como “deseos de sucar el melindro” (pg. 331), “clasificarlo como tocado del ala” (pg. 359), “unas voluminosas mamellas” (pg. 416) o “nueva de trinca” (pg. 612), por muchas cursivas que ponga. Las aceptaría en el debut de un joven inmaduro (conozco un ejemplo muy cercano…), en un relato de extrarradio sin pretensiones o en un folletín ambientado en el mundo del lumpen, pero no en un novelón de más de 700 páginas con las aspiraciones, la elegancia y la sofisticación de El suplente del suplente. Como no acepto tampoco que habiendo personajes con nombres y títulos tan distinguidos como Sir Alfred Cohen, Lord Oscar O’Bentley o Sir Benjamin LeeDeptford, el autor a menudo se refiera a Laura Quackenboss, sobre todo al final del libro, como “la Quackenboss”, así, con artículo.
Son estos pequeños detalles —que un editor mínimamente serio jamás hubiese pasado por alto— los que hacen que estemos hablando de una novela sobresaliente cuando deberíamos hacerlo de una de matrícula de honor. 

No sé muy bien a qué atribuir esos descuidos. No, desde luego, a la falta de revisión del texto. Creo que se debe más bien a cierta voluntad, quizá inconsciente, de autoboicot, de “ya fracaso yo solo antes de que me lo digan los demás” o de falsa modestia, de “en realidad no aspiraba a tanto”. Pues no, teniendo en cuenta que normalmente el resultado suele estar por debajo de lo que esperábamos, hay que aspirar siempre al máximo en todo.
En este sentido, no puedo dejar de citar unas frases sobre el carácter de William Wellesley, personaje que practicó la natación en su época universitaria y en quien, a pesar de sus excepcionales condiciones físicas, su entrenador Stanley descubre que “En él no existía el indispensable anhelo para desempeñar el papel de protagonista. Y comprendió que a William le interesaba únicamente deslizarse con movimientos excelentes. Era un estilista. Perseguía la perfección y relegaba a un segundo plano lo más importante: la victoria.”
 

jueves, 24 de abril de 2014

LITERATURA Y BOXEO: "EL COMBATE", N. MAILER

El combate
Norman Mailer
No ficción
Ed. Contra, 2013, 265 págs.
 
(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 23 de diciembre de 2013)

Seguramente ustedes ya conozcan la historia, bien porque tuvieron la suerte de vivirla en directo o bien porque vieron el famoso documental de Leon Gast Cuando éramos reyes (1996). Todos tenemos aquel KO grabado en la cabeza: el gigante George Foreman besando la lona como a cámara lenta tras una fulminante combinación de Muhammad Ali. Foreman cayó rodeando a Ali, intentando agarrarlo por la cintura con la mano izquierda mientras Ali lo seguía con la mirada y la derecha amartillada, una derecha que al final no lanzó para no estropear la estética de la caída. Fue justo al final del octavo asalto de un combate que se suponía que iba a ser el último de Ali y en el que muchos temían que acabase gravemente lesionado. Sin embargo, la historia se escribió de otra manera, y Norman Mailer (1923–2007), uno de los máximos exponentes del “nuevo periodismo” y ganador de dos premios Pulitzer, estuvo ahí para contarlo.

Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), 30 de octubre de 1974, 4 a. m. (el combate estaba previsto a las cuatro de la mañana para ajustarse al prime time de Estados Unidos). Por fin está todo listo para la disputa del campeonato mundial de los pesos pesados que va a enfrentar al temible George Foreman de 25 años (40-0-0, 37 KOs) con El Más Grande de Todos los Tiempos, Muhammad Ali, de 32 años (44-2-0, 31 KOs) tras un retraso de un mes por culpa de un corte en la ceja del primero durante un entrenamiento. Como decía al principio, todos ustedes ya saben lo que pasó sobre el ring: Ali sorprendió a todo el mundo haciendo exactamente lo contrario de lo que se esperaba; no bailó, se dedicó a aguantar los cañonazos de Foreman recostado contra las cuerdas (la famosa técnica posteriormente conocida como Rope-A-Dope), desgastándolo y esperando pacientemente hasta que vio llegar su oportunidad. 

Lo que probablemente desconozcan es todo lo que pasó fuera del ring y antes de la pelea —como ese silencio sepulcral, ese miedo latente en el vestuario de Ali antes de salir al ring que pone la carne de gallina—, y eso es precisamente lo que hace que este libro sea una narración extraordinaria. Norman Mailer, enviado a Kinshasa en calidad de reportero, fue testigo excepcional de todo lo que ocurrió durante la semana previa al combate. Asistió a los entrenamientos de ambos púgiles, a las ruedas de prensa que ofrecieron, al pesaje que se llevó a cabo… ¡setenta y dos horas antes de la pelea!, se alojó en el hotel donde estaba toda la comitiva de Foreman —además de la mayoría de periodistas enviados a cubrir el evento—, salió a correr unos kilómetros a las cinco de la madrugada con Ali e incluso se llegó a colar en su vestuario antes y después de la contienda, que presenció junto a George Plimpton en segunda fila de ring. 

Todas esas experiencias las plasmó en El combate, quizá la mejor crónica pugilística jamás escrita. La capacidad de observación de Mailer desde un puesto privilegiado junto a su magnífica calidad literaria y el gusto por las metáforas barrocas y sorprendentes hacen de este libro el retrato definitivo de un combate de boxeo.

Mailer describe a todos los actores de la obra, desde el controvertido y siempre polémico promotor Don King hasta el dictador del país, Mobutu Sese Seko, pasando por los sparrings (especialmente el de Foreman, Elmo Henderson) y los segundos de cada uno de los boxeadores: Angelo Dundee, Ferdie Pacheco y Drew “Bundini” Brown en la esquina de Ali y Dick Sadler, Sandy Saddler y el ex-campeón Archie Moore en la de Foreman. Por mucho que ya se conozca el final, al sumergirse entre las páginas de este libro uno tiene la sensación de estar ahí, en el Zaire, de estar viviendo el ambiente previo al campeonato del mundo, de respirar el mismo aire que respiraron sus protagonistas. 

Hace años, durante mucho tiempo, anduve buscando sin éxito un ejemplar de El combate. Encontré algunos de segunda mano en internet, en la edición de Grijalbo de 1976, por los cuales me pedían unas sumas obscenas de dinero. Finalmente acabé comprando uno a un precio alto, pero no desorbitado, que prefiero no recordar. Por suerte para ustedes la editorial Contra se ha encargado de reeditar este mismo año esta joya de la literatura boxística (que, por supuesto, me volví a comprar) a un precio más que razonable. No pueden dejar escapar esta oportunidad.
 

lunes, 31 de marzo de 2014

PREGUNTAS

El sentido interrogativo
Padgett Powell
Literatura experimental
Ed. Alpha Decay, 2012, 155 págs. 

¿Se puede construir una novela únicamente a base de frases interrogativas? No, no se puede. O mejor dicho, no sé si se puede —sería interesante que alguien lo intentara—, pero desde luego no es ni mucho menos lo que pretende Padgett Powell en este libro. Por lo tanto, a la pregunta que formula el subtítulo de El sentido interrogativo, ¿Una novela?, habría que responder que no, que no lo es, al menos si nos atenemos a la definición de “novela”  de la R.A.E: “Obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte, y cuyo fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, de caracteres, de pasiones y de costumbres”. 

El libro de Powell no narra ninguna acción ni describe absolutamente nada. Simplemente está compuesto por preguntas y más preguntas una detrás de otra, a veces relacionadas entre ellas aunque en general no parecen seguir ningún orden concreto más allá del puramente aleatorio. Esto no impide que puedan “causar placer estético a los lectores”; se trata de un libro ingenioso y, a su manera, extremadamente interesante. Me explico: entre tantísimas preguntas es imposible que no hayan varias que nos toquen de cerca, que nos hagan reflexionar, que nos permitan abordar cuestiones que de otra manera nunca nos hubiésemos planteado. En este sentido se parece mucho al libro Me acuerdo de Perec que comenté hace poco en este mismo blog, especialmente cuando Powell nos interroga sobre si “¿Haber recogido cascos de Coca-Cola para cambiarlos por dinero se cuenta entre los recuerdos entrañables de tu infancia?”, y otras preguntas por el estilo. 

Hace tiempo tuve un compañero de trabajo muy preguntón (por no decir indiscreto); siempre estaba con un signo de interrogación colgado de la boca. La mayoría eran cuestiones anodinas que optaba por no contestar, pero entre toda esa avalancha interrogativa de vez en cuando el tío daba en el clavo. Esa era la pregunta que debía hacerme a mí mismo en aquel preciso momento. Pues esto es lo que ocurre con el libro de Powell. 

Inevitablemente, la lectura se demora más de lo que parecería a priori porque tarde o temprano el lector empieza a contestar al autor —en el fondo, a sí mismo—. Casi siempre basta con sí, no, no, sí, sí, no… pero a veces hay que pararse y pensar de verdad. Pensar a fondo. Por ejemplo:

“¿Cuál es el acontecimiento más importante que ha pasado cerca de ti? (Pg. 31)
Tras largas deliberaciones, creo que las Olimpiadas de Barcelona 92.

“¿Cuál ha sido, hasta la fecha, el mejor día de tu vida?” (Pg. 61)
Uf, difícil difícil… Cualquier día de verano en la playa de Empuries, pero no sé exactamente cuál. Sigo dándole vueltas…

“Si alguien se te acerca y te dice: «Llévame a donde la música» ¿de qué manera le responderás?” (Pg. 65)
Si es un hombre le llevaría a la estantería donde guardo todos mis vinilos; si es una mujer, ¡dios! le preguntaría si quiere casarse conmigo.

“¿Alguna vez has oído la expresión «Las palmaditas que te dieron en el instituto son las patadas en el culo que te dará la vida»?” (Pg. 98)
No la había oído, pero se ajusta tantísimo a mi propia experiencia que creo que la voy a adoptar como epitafio.

“¿Hay algo mejor que la nieve fuera y el fuego dentro?” (Pg. 140)
Definitivamente, no. Quizá el fuego acompañado de un buen libro y un vaso de single malt.          

¿Recomendaría la lectura de este libro? Sí, pero sólo a los que les pique la curiosidad o a los que busquen excentricidad y riesgo en la literatura más que un argumento. Hace años (¡casi qince ya!) estuve viviendo en Lyon con una beca Erasmus mientras “estudiaba” quinto curso de Arquitectura. Recuerdo que tanto alumnos como profesores solían echar mano con frecuencia de una coletilla que decía “Parfois c'est plus intéressant poser des questions que donner des responses” (“A veces es más interesante plantear las preguntas que dar las respuestas”). A pesar de que a menudo la utilizaban porque en realidad no tenían ni idea de la respuesta y les servía como elegante subterfugio (muy francés, todo sea dicho), estoy bastante de acuerdo con la frase. Sin embargo, en más de una ocasión me entraron ganas de decir “Sí, pero tampoco nos podemos pasar la vida preguntando, de vez en cuando también hay que dar alguna respuesta”. Pues eso, ¿se puede construir una novela únicamente a base de frases interrogativas?
 

miércoles, 26 de marzo de 2014

LITERATURA Y BOXEO: “EL PROFESIONAL”, W. C. HEINZ

El Profesional
W. C. Heinz
Novela
Ed. Gallo Nero, 2012, 381 págs.
 
(Reseña publicada originalmente en la web de BoxeoTotal el 4 de diciembre de 2013)
 
Hoy voy a hablarles de una novedad, El Profesional de W. C. Heinz, una novela publicada originalmente en 1958 recientemente editada en castellano por la editorial Gallo Nero. Heinz (1915-2008) fue un periodista deportivo estadounidense considerado el decano de toda una generación de escritores como Norman Mailer, Truman Capote, Tom Wolfe, Gay Talese o Hunter S. Thompson, que hacia los años 60 crearon aquella corriente que se dio en llamar “nuevo periodismo”, caracterizada por aplicar recursos y técnicas de la literatura de ficción a los artículos de prensa en los que el autor se implicaba directamente y asumía un mayor protagonismo.
 
Es importante tener esto en cuenta porque, aunque se trate de una obra de ficción, El Profesional también puede leerse como un extenso artículo periodístico. El narrador, Frank Hughes, es un periodista deportivo que acompaña al boxeador Eddie Brown durante todo el mes previo a su combate por el título mundial de los pesos medios con el objetivo de escribir un artículo sobre él. La acción transcurre en el campo de entrenamiento de Eddie, un viejo hotel destartalado junto a un lago a las afueras de Nueva York, regentado por el propietario y su mujer, donde también se alojan y entrenan otros púgiles. Las carreras matutinas, las dietas, el trabajo de gimnasio, la relación de Eddie con sus sparrings, con su mánager y su preparador físico constituyen el material que Hughes va recopilando para su artículo, y que por extensión, forma el eje principal de la novela.
 
Por tanto, más que una novela sobre boxeo quizá habría que hablar de una novela sobre las expectativas o la preparación antes de un gran combate de boxeo; no esperen encontrar aquí una acción trepidante, a lo largo del libro en realidad no pasa gran cosa. De hecho, el desenlace, lo que es estrictamente la narración de la contienda final —que exige un tremendo esfuerzo por parte del lector para no leer por adelantado— ocupa apenas 5 de las 381 páginas del libro. ¿Dónde radica, entonces, su interés? Pues, por ejemplo, en la habilidad de Heinz para construir todo un elenco de personajes extremadamente verosímiles, se diría que casi reales, que rodea a los protagonistas: Al Penna —boxeador bromista, siempre de buen humor—, Johnny Jay —preparador físico de Eddie, ex boxeador de verborrea incontenible cargado de anécdotas, como el hilarante método que usaba para evitar pelear en la corta distancia a base de comer ajo crudo—, Girot —el servicial propietario del hotel— y muchos otros más. Mención aparte merece Doc Carroll, mánager y entrenador de Eddie Brown, auténtico filósofo del cuadrilátero, acaso el último sabio del noble arte que, a pesar de llevar más de cuarenta años de experiencia sobre sus espaldas, nunca ha coronado a un campeón del mundo. La pelea de Eddie será su última oportunidad para conseguirlo.
 
También son excepcionales las reflexiones sobre la práctica boxística que comparten Hughes y Eddie a raíz de la muerte de uno de los personajes, sobre la génesis de la pulsión que lleva a un hombre a querer pegarse con otro —“¿Qué tienes en la cabeza cuando das a otro hombre un puñetazo lo más fuerte que puedes? / Quiero batirle. Él está tratando de batirme y yo trato de batirle. Eso es lo único que hay.”—, las contradicciones que ese instinto suscita —“Peleamos así diez asaltos. No aflojamos nunca y, cuando gané a los puntos, ¿sabes lo que quería hacer? (…) Quería besarle. ¿Cómo se habría visto eso? (…) Quiero decir, durante diez asaltos quise matarle y él peleó como si quisiera matarme, y luego quería besarle. (…) Explícame eso.”— y los remordimientos de conciencia que a veces implica —“Ezzard Charles me dijo una vez que, después de haber noqueado a un hombre, a menudo empezaba a pensar esa noche, o al día siguiente, que quizá podría haber ganado sin noquearle. Empezaba a arrepentirse del KO”—.
 
Estilo de la novela es ágil, W. C. Heinz se apoya básicamente en el diálogo para desgranar las relaciones entre los personajes y describir la tensa espera, la preparación previa a un combate con un cinturón mundial en juego.
 
Para acabar, permítanme reproducir un pasaje del libro que un servidor suscribe palabra por palabra. Me van a perdonar la extensión, pero creo que vale la pena: pueden ustedes hacer un copiar-y-pegar y enviárselo a todas aquellas personas que no entienden por qué aman (amamos) un deporte supuestamente cruel y violento como es el boxeo. 
 
“—¿Por qué te gusta tanto ver boxear?
—Porque veo muchas cosas en el boxeo
—¿A qué te refieres?
—A la ley esencial de hombre. La verdad de la vida. Es una pelea, un hombre contra un hombre, y si vas a derrotar a otro hombre, lo derrotas por completo. No le matas de hambre, como intentan hacer en el mundo competitivo, elegante y limpio del comercio. Le dejas allí tumbado, en el suelo, sin sentido.
—Supongo que es eso. No sé.
—Mira. Yo no estoy defendiendo esto. No estoy diciendo que sea bueno. Solo estoy diciendo que existe. Está en el hombre, en todos los hombres. Estoy en contra de la violencia. Detesto las discusiones. Creo en un mundo en el que todo se haga mediante la razón y con honestidad, y donde la fuerza no valga para nada. Quizá llegue dentro de siglos, pero por ahora todavía queda ese resto del animal en el hombre y la ley de la vida está todavía en la ley de la selva, en la supervivencia del más apto. Mientras eso sea verdad, creo que el hombre se revela a sí mismo de forma más completa en la pelea que en cualquier otra modalidad de reto expresivo. Es la guerra generalizada otra vez, y la autorizan y venden entradas y la gente va a verla porque, sin darse cuenta siquiera, ve en ella esta verdad.”
 
Sólo por estas líneas ya vale la pena que compren el libro.
 

domingo, 2 de marzo de 2014

EL PASEANTE DIGRESIVO

Ciudad abierta
Teju Cole
Novela
Ed. Acantilado, 2012, 294 págs. 

A esta fantástica novela de Teju Cole llegué gracias a este artículo aparecido en la revista Jot Down del siempre interesante Félix de Azúa. Hace años, cuando estudiaba en la sacrosanta Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona y lo tenía como profesor de Estética (a Azúa, se entiende, no a Teju Cole), su manera de dar las clases me pareció sumamente didáctica y amena, lo que me convirtió inmediatamente en un atento seguidor de todo lo que publicaba y sigue publicando. Y efectivamente, sus recomendaciones nunca fallan; uno siempre sabe que las novelas que sugiere Azúa son como las lecciones que impartía: instructivas a la par que entretenidas. De manera que no dudé en buscar en el catálogo virtual de las bibliotecas públicas de Barcelona el libro de Cole, que acabé encontrando en la biblioteca de Vapor Vell, en pleno barrio de Sants. Como vi que entre el fondo bibliográfico también figuraba un ensayo de Loïc Wacquant sobre boxeo que llevaba tiempo buscando para reseñarlo en la sección de “Literatura y Boxeo” de la web de BoxeoTotal en la que participo, me acerqué hasta allí con la moto y aproveché para sacar prestados ambos libros. 

La única razón por la cual les explico todo esto es por pura procrastinación, por retrasar al máximo el momento de hablarles sobre Ciudad abierta. ¿Por qué? Pues básicamente porque no sé muy bien por dónde empezar. Lo lógico sería explicar de qué va la novela, pero esa vía se agota enseguida: de un joven psiquiatra que pasea por Nueva York, viaja unas semanas a Bruselas y vuelve, ya está. Como ven, en el fondo no pasa gran cosa; de hecho, pasa muy poco, y sin embargo se trata de una novela increíblemente interesante, adictiva y excepcionalmente bien escrita.  

Los paseos de Julius, el protagonista, no son más que la excusa para dejar vagar sus pensamientos a la deriva, saltando de un asunto a otro y de un encuentro a otro. Los edificios de Manhattan, la psiquiatría —sus pacientes—, las conversaciones con las personas que se cruzan en su camino, las anécdotas sobre la historia y los lugares emblemáticos de la ciudad… la digresión, en definitiva, es lo que vertebra la narrativa de Cole. Aquí no hay conflicto (si acaso el único es el vagamente existencial del protagonista) ni trama trepidante ni acción a borbotones. Entre los muchos temas que desencadena el vagabundeo de Julius figuran el periplo de un inmigrante liberiano sin papeles, el análisis científico de las chinches (Cimex lactularius) y una interesante conversación sobre filosofía política e integración racial (ésta se desarrolla en un locutorio de Bruselas, no en Nueva York). Como ya se habrán fijado, no resulta nada sencillo hilvanar materias tan dispares en una misma línea argumental, y aún así Teju Cole consigue hacerlo de una forma sencilla y muy natural (aunque sí que es verdad que en algún momento se le ven un poco las costuras). Porque —quizá estoy dando a entender lo contrario— no perdamos de vista que se trata de una novela, y como tal también se nos habla de la vida pasada del protagonista, de su infancia en Nigeria y de sus relaciones familiares, especialmente con sus progenitores (ahí aparece un oscuro enfado con su madre que no se acaba de esclarecer) y su abuela europea. Incluso hay una especie de desenlace —o más bien revelación— final sorprendente que el autor tampoco parece interesado en aclarar, lo cual ni suma ni resta al excelente sabor de boca que deja la lectura de este libro.
 
Hace poco leía una entrevista a Stephen King (un autor al que, según avanzan los años y retroceden los prejuicios, cada vez tengo más curiosidad por leer) en la que afirmaba que leía unos cincuenta libros al año (creo que la cifra era aproximadamente esa, he estado buscando la entrevista en internet pero no la he encontrado), y eso además de pasarse unas ocho horas al día escribiendo. El periodista, sorprendido, le preguntaba de dónde sacaba tiempo para leer tantos libros, a lo que King contestaba que el truco estaba en aprender a leer a ratos cortos: en la cola del supermercado, en la sala de espera del dentista o en un atasco de tráfico; “una vez te acostumbras, te das cuenta de que el día está lleno de pequeños momentos que puedes aprovechar para leer” (cito de memoria).
Pues bien, Ciudad abierta pertenece a ese tipo de libros que uno desearía llevar siempre encima al salir de casa para poder leerlo en cualquier momento, aunque sólo sean tres minutos, aunque sólo dispongamos de cinco paradas de metro hasta nuestro destino... Tal es su poder de atracción.