La sombra del púgil
Eduardo Berti
Novela
Ed. La otra
orilla, 2008, 162 págs.
La verdad es que
llegué este libro por equivocación, arrastrado por una recomendación y por mi
creciente afición al noble arte, pero en lugar de hallar las descripciones del
sudor, la sangre y la extenuación física que esperaba, me encontré con una
apasionante y personalísima novela sobre objetos y obsesiones cuyo mayor
mérito, que no el único, quizá sea hacer fácil lo difícil: mezclar varias
tramas y sub-tramas con constantes saltos temporales y conseguir que queden
perfectamente integradas en una novela coherente, narrada en un estilo ligero,
casi coloquial, que engancha desde el principio.
Reconozco que
hasta hace cuatro días no había oído hablar de Berti, entre cuyas obras, por lo
visto, hay una finalista del prestigioso Prix Femina francés, La mujer de Wakefield, y otra del no
menos notorio premio Herralde, Todos los
Funes. Lo que les puedo asegurar es que tras la lectura de La sombra del púgil me he quedado con
las ganas de saber más. Espero pronto darles más noticias sobre Berti.
Una de las
principales peculiaridades de La sombra
del púgil es que el narrador no es uno sino que son tres, pero, cual
monstruo mitológico tricéfalo, con una sola voz. Tres hermanos que rememoran su
infancia, en la que fueron inocentes testigos del silencioso enfado entre sus
dos tías solteronas —fruto de una disputa enquistada entre las brumas del
pasado y de la cual no se explica el motivo, o se conjeturan varios— por la
misma época en que su padre relataba cada noche durante la cena, como si de una
radionovela se tratase, la historia de Justino, el relojero, cerrajero y
ex-boxeador del barrio, y de cómo en su último combate profesional logró vencer
a un joven debutante que posteriormente seguiría una fulgurante carrera hasta
convertirse en héroe nacional del cuadrilátero con el sobrenombre de “el
monarca”. Años después de aquella primera y única derrota, el monarca pedirá
repetidamente a Justino que le conceda la revancha, tentándole cada vez con una
bolsa mayor, pero el relojero, ya en los cincuenta, se negará a volver al ring
a pesar de la insistencia de su rival. Sólo la enfermedad de su mujer y su
carísimo tratamiento harán que Justino se plantee aceptar la oferta.
Es un objeto, un
reloj de sobremesa estropeado con forma de catedral, el que actúa como catalizador
que hilvana ambas tramas. A partir de su reparación, Justino vendrá a romper el
mudo equilibrio que sostienen las dos tías solteras. Hay en el gusto por los objetos
de Berti algo que recuerda a Perec, pero a diferencia del francés, el argentino
no se recrea tanto en su descripción, sino que éstos actúan como personajes que
desencadenan conflictos, como ocurre con la muñeca de porcelana de cabello
injertado, con el reloj de pulsera “semicangrejo” cuyo segundero corre al revés
o con el mantel blanco de hilo, metáfora de la pantalla de cine sobre la que cada
noche el padre va desgranando las imágenes de su historia.
A pesar de que la
novela abarca seis décadas no se trata de una interminable saga familiar. No, el
tiempo va y viene, del presente al pasado remoto, de ahí al pasado reciente y de
nuevo al presente, en un constante baile de fechas siempre imprecisas (“Corría
el año setenta y seis, o a lo sumo el setenta y siete”, arranca la novela), lo
cual no supone ninguna dificultad para un lector mínimamente atento. Así, con
la pericia y la precisión de un relojero, Berti va ensamblando los párrafos
dentro de los mecanismos de la trama,
dejando pistas aquí y allá y algún que otro cabo suelto para que el lector
complete la historia.
Según avanza la
narración el lector se ve inevitablemente implicado en un laberinto de
obsesiones —el monarca obsesionado con Justino, Justino obsesionado con una de
las tías y las tías obsesionadas con su rivalidad y su enconado silencio de
años— que lo atrapan en una telaraña de celos, amor, orgullo y envidias. Sin
embargo, el que espere un desenlace concreto y definido puede verse
decepcionado. Personalmente creo que la resolución del pleito entre Justino y
el monarca es digna de un excelente novelista; es mucho más difícil y arriesgado
lo que consigue Berti a partir de rumores, insinuaciones y sobreentendidos que
un final al uso. Es ahí donde se nota el oficio de un gran escritor, y Berti,
se lo aseguro, lo es.
La sombra del púgil es una novela envolvente,
narrada con precisión quirúrgica y extrema habilidad, una historia hecha de
“poquitos”, de retazos hilvanados en un gran tapiz que, tal y como dice el
cliché, suma mucho más que las partes.