lunes, 12 de mayo de 2014

LA FÚTIL HAZAÑA DE QUEDAR SEGUNDO

El suplente del suplente
Javier Calicó
Novela
Ed. Círculo Rojo, 2013, 736 págs.

Hace unos meses ya les hablé de Javier Calicó a propósito de la reseña de Tú y yo de N. Ammaniti que publiqué en este mismo blog; fue él quien me recomendó el libro. Conozco a Javier desde hace años y aunque no puedo tildar nuestra relación de amistad, en parte debido a la diferencia generacional —es el padre de uno de mis mejores amigos—, sí que nos une un afecto recíproco basado principalmente en nuestra mutua afición a la literatura, lo que hace que siempre estemos intercambiando recomendaciones y descubrimientos, ya sea directa o indirectamente a través de mi amigo Willy (su hijo).
 
Que yo recuerde, desde que le cogí el gusto a la literatura y me habitué a leer con cierta constancia y criterio (y de eso hará pronto veinte años), llevo oyendo a Willy hablar de la novela su padre. Fue así como cayó en mis manos una primera versión mecanografiada a doble espacio en tres grandes tomos de El suplente del suplente allá por el verano de 2001 o 2002, creo. Ya entonces me sorprendió gratamente; lo que más recuerdo de la lectura de aquel manuscrito fue su otredad —su exotismo— y su humor. La novela transcurría en un territorio y un tiempo lejanos —una isla turca en 1979—, sus personajes eran todos extranjeros —ingleses la mayoría, además de dos norteamericanos— y, a pesar de que me cuesta mucho reírme con un libro (a lo máximo a lo que suelo llegar es a una leve sonrisa), hubo un par de escenas que me provocaron buenas carcajadas. Además, se intuía que aquel texto no era un simple borrador; aunque de manera intermitente, Javier llevaba ya años redactándolo, repasándolo, releyéndolo, corrigiéndolo, puliéndolo y reescribiéndolo. 

Pocos años después, en 2006, se publicó la novela de Javier en la editorial Folio. Que yo sepa, le ocurrió como a tantas otras obras de autores noveles: tuvo una vida efímera sobre los mostradores de las librerías y pasó desapercibida entre la avalancha de novedades del sector literario estatal que iniciaba entonces su ya imparable declive. Sin embargo, eso no impidió que apareciese una reseña moderadamente favorable en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (el 31 de enero de 2007) a cargo de Carles Barba y que un anónimo blogger llamado El llegidor pecador le dedicase este blogspot en exclusiva, además de un elogioso post en su propio blog que les recomiendo leer pinchando aquí.

Quizá por inercia, por venganza o por afán de perfeccionamiento, tras aquella primera edición de Folio, Javier siguió retocando el texto y reelaborándolo durante otros siete años más, hasta publicar esta segunda versión que hoy les presento. Como aclara el autor en la solapa, “Aunque el argumento se mantiene idéntico a la primera edición, en esta segunda se ha ampliado el texto considerablemente [unas 230 págs.] para profundizar más en los personajes y en los ambientes.” Por lo que me comentaba el propio Javier poco después de publicarla, esta parece ser la versión definitiva; recuerdo que el verano pasado me confesó afligido, decepcionado y casi avergonzado, que ya no daba más de sí, que eso era lo mejor que sabía hacer y que ya no tenía la cabeza como para andar repasando 736 páginas. “A veces repito las frases, vuelvo a poner cosas que ya había puesto o sustituyo un palabra y me olvido de releer la frase para asegurarme de que todo concuerda…” 

Por tanto, la edición de El suplente del suplente de Círculo Rojo es el resultado de más de veinte años de dedicación, y eso se nota. Cada párrafo, cada frase, cada palabra están trabajados casi hasta la extenuación. La extrema riqueza léxica del autor, siempre supeditada al argumento, eso sí, da pie un estilo limpísimo que se podría tildar de sencillo sólo en la superficie. A la que uno refrena la agilidad que impone el ritmo del fraseado y empieza a analizar la escritura con espíritu crítico, se da cuenta de las horas y horas solitarias que subyacen bajo el texto. Seguramente ese discurrir sedoso y jazzístico del redactado sea el mayor mérito de la novela. Afirmaba Carles Barba en su reseña a la anterior edición que “no es poca conquista entretener durante 500 páginas [700 en la versión actual] con una isla, una docena de figurantes (alguno, muy carcamal) y un idilio”, sobre todo teniendo en cuenta que “el nudo argumental es mínimo”. 

En efecto, la trama es bien simple: dos grupos de aristócratas ingleses, por un lado los invitados al yate de Sir Benjamin LeeDeptford, atracados en un puerto de la isla, y por el otro, en otro punto de la costa, la familia de Sir Alfred Cohen, alojados en el hotel Príncipe Ahmed que éste acaba de comprar. Entre medio, dos norteamericanos también huéspedes del hotel, el protagonista, el atractivo cuarentón William Wellesley (alter ego del autor) y la pizpireta anciana Laura Quackenboss. La historia es casi lo de menos, toda la novela se desarrolla en tan sólo tres jornadas del tórrido verano de 1979 durante las cuales los del hotel esperan a que los del yate les vayan a buscar para iniciar un breve crucero por el Mediterráneo, mientras Wellesley flirtea con Sarah, la hija veinteañera de los Cohen. Un ambiente que recuerda, y mucho, a Faulkner en Mosquitos y también, aunque algo menos, a Scott Fitzgerald en Suave es la noche y El gran Gatsby y a Patricia Highsmith en El talento de Mr. Ripley 

Pero en realidad la novela trata de muchas más cosas. Habla sobre el final de la juventud, sobre el abandono definitivo de los sueños y las esperanzas, quizá por miedo a que no se cumplan o precisamente por miedo a que lo hagan, de las batallas perdidas y los triunfos a deshora, de la soledad del ser humano, de la melancolía de la edad madura, de los fantasmas del pasado, de saber que se ha cruzado de sobras el ecuador de la vida y que pronto se entrará en la prórroga, en un tiempo de descuento que dependerá de lo que quiera añadir el árbitro. Y también de la fugacidad del gesto elegante, de la inutilidad de empezar una lucha que se sabe perdida de antemano y de la contradicción inherente al combate de todo espíritu sensible —en una esquina el orgullo, la soberbia, la frivolidad y el ansia de reconocimiento, y en la otra la humildad, la discreción, el desapego y la indolencia—. 

Les decía antes que se notan los años y años de trabajo en la novela. Desgraciadamente también se nota la falta de un editor (si indagan en la web de Círculo Rojo, verán que se trata más de una plataforma de autopublicación que de una editorial al uso), ya que los múltiples gazapos y los alarmantes catalanismos lastran bastante la lectura. A cualquier otra persona y obra se lo pasaría por alto, pero no a Javier. Me asombra sobremanera que aparezcan locuciones como “deseos de sucar el melindro” (pg. 331), “clasificarlo como tocado del ala” (pg. 359), “unas voluminosas mamellas” (pg. 416) o “nueva de trinca” (pg. 612), por muchas cursivas que ponga. Las aceptaría en el debut de un joven inmaduro (conozco un ejemplo muy cercano…), en un relato de extrarradio sin pretensiones o en un folletín ambientado en el mundo del lumpen, pero no en un novelón de más de 700 páginas con las aspiraciones, la elegancia y la sofisticación de El suplente del suplente. Como no acepto tampoco que habiendo personajes con nombres y títulos tan distinguidos como Sir Alfred Cohen, Lord Oscar O’Bentley o Sir Benjamin LeeDeptford, el autor a menudo se refiera a Laura Quackenboss, sobre todo al final del libro, como “la Quackenboss”, así, con artículo.
Son estos pequeños detalles —que un editor mínimamente serio jamás hubiese pasado por alto— los que hacen que estemos hablando de una novela sobresaliente cuando deberíamos hacerlo de una de matrícula de honor. 

No sé muy bien a qué atribuir esos descuidos. No, desde luego, a la falta de revisión del texto. Creo que se debe más bien a cierta voluntad, quizá inconsciente, de autoboicot, de “ya fracaso yo solo antes de que me lo digan los demás” o de falsa modestia, de “en realidad no aspiraba a tanto”. Pues no, teniendo en cuenta que normalmente el resultado suele estar por debajo de lo que esperábamos, hay que aspirar siempre al máximo en todo.
En este sentido, no puedo dejar de citar unas frases sobre el carácter de William Wellesley, personaje que practicó la natación en su época universitaria y en quien, a pesar de sus excepcionales condiciones físicas, su entrenador Stanley descubre que “En él no existía el indispensable anhelo para desempeñar el papel de protagonista. Y comprendió que a William le interesaba únicamente deslizarse con movimientos excelentes. Era un estilista. Perseguía la perfección y relegaba a un segundo plano lo más importante: la victoria.”
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario